viernes, 6 de noviembre de 2009

II

Querida Gladia:

Te escribo esta carta con la esperanza de que la contestes, aunque me aferro a una esperanza muy débil, ya que no has contestado ninguna de las decenas de cartas que te he mandado en los últimos años.

En realidad ni siquiera sé si te estoy escribiendo a ti o sólo me estoy escribiendo a mí mismo, ya que he llegado a pensar que puedes haber muerto. Pero como digo, me aferro a un clavo ardiendo y, como he tenido noticias de que te han visto por Villa del Lago, allí dirijo mi misiva con la esperanza casi desesperada de que la leas.

Ya te lo he dicho mil veces, si es que has leído alguna de las cartas, pero te lo repito: NO fue culpa tuya. Yo no te culpo, así que tampoco lo hagas tú.

Si lees esto por favor contéstame. Te necesito; eres la única familia que me queda desde el Éxodo.

Por favor Gladia: contesta.

Tu hermano que te quiere...
Phanlock

I. Comienza la búsqueda

Siempre que paso un tiempo de apatía y confusión me suelo levantar con fuerzas renovadas. Quizá porque mi mente ha descansado del hastío de no tener un objetivo en la vida o quizá porque todos tenemos una pequeña alarma que nos hace saltar y ponermos en marcha para realizar algo; un instinto de supervivencia.

Pues ya me he levantado. Y estoy harto. Harto de sentirme culpable. Pienso encontrar a Gladia y solucionar esto de una vez. Quiera ella o no.

Pero esta vez la pienso encontrar de verdad. Nunca debí dejar de buscarla. A una hermana no se le abandona.

jueves, 17 de septiembre de 2009

Un lugar al que regresar

Ha sido mucho tiempo. Muchas aventuras recorridas en Azeroth y Terrallende, a veces solo y a veces acompañado por buenos y nobles guerreros. Con sus alegrías y sus penas. Victorias y fracasos.

Mi vida ha sido totalmente distinta de lo que hubiera sido en Gnomeregan. Hay días que recuerdo aquella conversación con mi hermano Remy, como una inevitable predicción de lo que iba a suceder.

Remy: ¿Qué tal con el abuelo, Phan?
Phanlock: Bien, Remy, gracias.
Remy: Venga, no te pongas a la defensiva. A papá no le gusta eso que el abuelo te enseña, pero a mí sí. Conmigo no tienes que defenderte.
Phanlock: Vale, perdona. Hoy me ha enseñado un hechizo que infunde un terror espantoso en el enemigo hasta el punto que sale huyendo en cualquier dirección, por muy valiente que sea.

Un escalofrío recorrió la piel de Remy.

Remy: Uau, ahora entiendo por qué no le gustan esas cosas a papá.
Phanlock: No es para tanto.
Remy: ¿Sabes, Phan? Tú podrías llegar a ser un gran héroe.
Phanlock: Ja ja, sí, ¿y qué más?
Remy: En serio. Es un presentimiento.
Phanlock: Esta es mi vida, Remy. Cuando muera papá, yo me haré cargo del taller hasta que muera y se haga cargo de él mi hijo.
Remy: Pues yo preferiría ser un héroe.
Phanlock: Eso no es para mí. Y déjalo ya, Remy.

Ni que decir tiene que pasarme toda la vida reparando cacharros era una perspectiva que me deprimía sobremanera, y que la que proponía Remy era lo que siempre había querido desde niño. ¿Por qué si no visitaba al abuelo todas las noches para aprender brujería? Pero algo me lo impedía. ¿Y si me iba mal? ¿Y si me moría de hambre? ¿Y si nadie me quería en sus filas? ¿Y si no era suficientemente bueno? ¿Y si tenía que volver a casa con el rabo entre las piernas? No podría mirar a mi padre a la cara.

Quizá por todo eso no podía soportar que Remy me recordara constantemente lo que yo quería ser y no me atrevía.

Y al final acabé siendo lo que mi hermano decía. Aunque más que héroe me considero mercenario. Haciendo favores a cambio del dinero que me da de comer. A veces para la Alianza, a veces para otro. En resumen: mercenario. Mercenario recorriendo todos los rincones de Azeroth y Terrallende.

Y lo malo de ser un mercenario cuya ciudad natal fue destruída es...

... que no tienes ningún lugar al que regresar.

miércoles, 16 de septiembre de 2009

Yo soy Phanlock

Supongo que cuando alguien que no suele llevar un diario siente la necesidad de hacerlo, es que no está pasando por un buen momento.

Y supongo que eso es lo que me sucede a mí.

O quizá sólo necesite (o me apetezca) recopilar mis recuerdos y sentimientos para verlo todo un poco más claro.

Tras escapar de Gnomeregan y dejar toda mi vida allí (familia incluída) pensé que ya no me quedaba nada. Ni motivos para levantarme por las mañanas ni para seguir viviendo. Cuántas noches pasé en vela, arrepintiéndome de no haberme quedado allí y morir con los demás. Hasta llegué a envidiar a mis padres y a mi hermano por haber muerto; al menos ellos no tenían que pasar el sufrimiento de la supervivencia.

Pero los enanos de Forjaz nos habían dado asilo, pese a haberles dado la espalda, a ellos y a toda la Alianza, durante la tercera guerra, y poco a poco pude salir de mi agujero y afrontar con optimismo la nueva vida que se me presentaba. Incluso hice el equipaje y me encaminé al Valle de Crestanevada, en busca de Alamar Grimm, para retomar el aprendizaje de las artes que mi difunto abuelo comenzó a mostrarme ahora hace muchos años.

Pero aquí estoy otra vez, sin rumbo fijo y sin saber qué voy a hacer con mi vida, después de haber recorrido todo Azeroth y lo que queda de Draenor.

Sí, quizá sea sólo que paso por una época de desánimo, pero aquí estoy escribiendo esto, a ver si me puedo aclarar un poco.